Buenos días, amantes del balón y la verdad incuestionable. Hoy, 25 de junio de 2026, con la fase de grupos del Mundial ya en los libros, es momento de poner los puntos sobre las íes y desinflar globos, que para eso estamos en Pasión y Pelota. México ha clasificado a octavos de final con un récord impoluto: 9 puntos de 9 posibles, 6 goles a favor y la portería imbatida. La euforia es palpable, los gritos de “¡Ahora sí!” resuenan desde Tijuana hasta Chetumal. Pero permítanme, con la frialdad que exige el análisis y la ironía que caracteriza a este humilde servidor, poner esta gesta en su justa, y algo deprimente, perspectiva.
El Triunfo del Espejismo: Un Grupo A a la Medida
Sí, la Selección Nacional ganó. Ganó 2-0 a Sudáfrica en el partido inaugural, con goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez. Ganó 1-0 a Corea del Sur, gracias a un gol de Luis Romo que, seamos honestos, fue más un obsequio defensivo surcoreano tras un grosero error que una obra de arte táctica. Y cerró con un 3-0 contundente ante una República Checa que parecía más interesada en sus vacaciones post-mundial que en competir. Nueve puntos. Cero goles en contra. Impecable, en teoría. Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿A quién le han ganado, realmente?
Sudáfrica, Corea del Sur, República Checa… Con todo respeto por estas dignas naciones futbolísticas, estamos hablando de selecciones de jerarquía media-baja en el concierto internacional. Equipos que, para colmo, llegaron a este Mundial con más dudas que certezas, con plantillas debilitadas y con un fútbol que dista mucho de ser una amenaza para cualquier potencia. Decir que México ha “aplastado” a sus rivales es como afirmar que un león ha demostrado su ferocidad al devorar a un grupo de conejos recién nacidos. El resultado es el mismo, sí, pero la proeza, la épica, brilla por su ausencia.
La Burbuja de la Sede y la Realidad de Otros Grupos
Y no olvidemos el factor de jugar en sedes norteamericanas. Jugar en el Estadio Azteca y en el Estadio Akron, con el aliento incondicional de una afición entregada, es una ventaja innegable. Es un bálsamo para los nervios, un empuje extra que, en un grupo de esta índole, se convierte en un colchón de comodidad. Mientras México se paseaba por sus estadios asignados, otros grupos del Mundial 2026 eran verdaderos campos de batalla. Hemos visto a selecciones teóricamente inferiores plantarle cara y competir de igual a igual en grupos de verdadero barro ante gigantes como España, Portugal, Inglaterra o Francia.
¿Recuerdan el empate de Escocia a Brasil? ¿La resistencia numantina de otros equipos que, con menos nombres, demostraron más carácter ante la adversidad real? Esa es la verdadera medida de la competitividad, la que te obliga a sacar lo mejor de ti, la que te forja en el fragor de la batalla. Lo de México, hasta ahora, ha sido un ensayo general con utilería de bajo presupuesto.
La Metáfora de Speedy Gonzales y la Cruda Verdad
La euforia actual es comprensible, pero peligrosamente ingenua. Es como si Speedy Gonzales, tras haber desatado los cordones del botín de Maradona mientras este dormía la siesta, creyera que ya está listo para un mano a mano con Pelé por el Balón de Oro. La desproporción histórica y de jerarquía es abismal, y estos tres triunfos, por muy limpios que parezcan, no la borran.
México ha cumplido con su deber, sí. Ha ganado los partidos que debía ganar. Pero la verdadera prueba, amigos, la que separa a los aspirantes de los meros participantes, aún no ha llegado. Cuando el Tri se enfrente a un rival de verdad, a uno que no se doblega con un par de toques o un error grosero, entonces y solo entonces sabremos si esta selección es la de la “promesa” o la de la “costumbre”. Por ahora, celebremos el pase, pero con la mirada fría y el escepticismo de quien sabe que el camino de la gloria no se pavimenta con victorias ante rivales de segunda fila.